El "Palo de Mamón"

08.05.2021


Por muchos años el centro de atracción de un pequeño caserío, fue un árbol que se encontraba en el patio de la casa del terrateniente Don Andrés Juan Yáñez; un portentoso destello de la naturaleza costeña, que mostraba la misma imponencia y grandeza de su propietario, puesto, su majestuosidad y la abundante cosecha que año tras año se recogía de él, era un fiel reflejo de la vida, de quien fuese el hombre más adinerado e importante de la región.

El tallo del "palo de mamón", era aproximadamente de tres metros de diámetro, su altura de más de cincuenta metros y ni que hablar del tamaño de su raíz; sus ramas cubrían toda la casa de Andrés Juan, el patio y hasta dos metros por fuera de este hacia la calle. El sabor de su fruto era sin igual, dicen los que lo probaron, que en su vida nunca han vuelto a sentir, ese sabor, aroma, suavidad y textura de su pulpa, que lo hacían único en todita la región. Algunos han osado en decir, que hasta la pepa (semilla) era sabrosa, lo cual no tiene nada de extraño, porque a muchos por estar chupando hasta el último pedacito de pulpa, se tragaron la pepa (semilla), y después tuvieron sus fuertes problemas de evacuación, por lo grande que era.

El mamón que brotaba del árbol no era todo igual, es decir, tenían sabores diferentes, unas ramas deban un tipo de fruto cuya cáscara era verde oliva con piscas marrones, a otros les decían los mamones "monitos", por su color marrón claro, eran los más dulces y jugosos. En la parte alta del árbol, se encontraba el tipo de mamón de mejor calidad, cáscara dura, color verde oliva y la carnosidad que recubría la "pepa", era más abundante, dura, pero con la misma textura que se derretía en la boca. Otra variedad de mamón, era la de los llamados "mellos" que, por cosas de la naturaleza, tenían dos "pepas", la cual era prácticamente, una, partida por la mitad; este tipo de mamón era buscado por lo raro, pero su sabor no era como el de los otros, o no se dejaba disfrutar igual.

Cuando Don Andrés Juan falleció, "el palo de mamón" se convirtió en una fuente de ingresos para su viuda, la gran "Mama Eufemia", ya que cuando en el mes de junio de cada año que llegaba la cosecha, era aprovechada para obtener buenos ingresos extras. La cosecha duraba dos meses, tiempo en el que tres, hasta cuatro personas, subían el majestuoso árbol para bajar los gajos de mamón; desde las (6:30 am) empezaban la faena, subían de rama en rama , acompañados de cuerdas y un saco; se repartían las zonas que iban a descargar, cuando llenaban cada talego, lo bajaban con sumo cuidado amarrado con las cuerdas, que apoyaban en una rama que servía como especie de polea, abajo era recibido por otro de los trabajadores, que se encargaba de vaciar el saco y volverlo a enganchar a la cuerda y el que estaba arriba, siguiera con la labor de descarga. "Mama Eugenia" personalmente en compañía de sus hijas y de algunos nietos, se encargaba de quitarle las hojas y empezar a armar los racimos que más adelante, iban a ser vendidos o regalados a alguna de sus amistades más cercanas. Nunca se vio a "Mama Eufemia, vendiendo mamones por el pueblo, porque la misma gente llegaba a comprarlos, y hasta llegaban personas de la ciudad a comprar o mandaban razones para que les guardaran unos para el fin de semana. Creo que más demoraban los trabajadores trepando el árbol y bajando los mamones, que estos en el inventario de la matrona.

Anécdotas y recuerdos del "palo de mamón" hay muchos, cuentan que uno de los nietos preferidos de "Mama Eufemia", llamado Arístides Javier, tenía la costumbre de montarse al árbol, cogía unos cuantos gajos de mamón y bajaba por una de las ramas que daba al techo de la cocina, ahí se acostaba y se ponía a estudiar, claro está, deleitándose con la sabrosura de la fruta. Sin saberlo, Arístides Javier, heredó la rama donde cogía los mamones, ya que esta era la de su abuelo Andrés Juan, rama a la que nadie le podía coger un mamón, porque era exclusiva para él y para una de sus vecinas más predilectas, la niña Evelia Yunes. "Mama Eufemia", se molestaba cada vez que si nieto se subía al techo, porque decía que lo iba a hundir y a causarle goteras, ya que este era de zinc, bastante antiguo por cierto. La hermosa abuela, le decía a su nieto molesta, "bájate de ahí, porque como me dañes el techo, va a ser tu "pae" el que va a pagar el arreglo, y se molestaba mucho más, cuando el nieto le decía: - Abuela, regálame un vaso de agua, pareciera que literalmente (le mentaran la madre), no había cosa que más le molestara a "Mama Eufemia", que le dijeran, abuela; pero el enojo le pasaba, cuando el nieto le hacía unos masajes en las piernas, ya que sufría de artritis y en la noche la aquejaban esos molestos dolores.

La tristeza más grande llegó, cuando "Mama Eufemia" se vio obligada a derribar el árbol, porque por lo inmenso que era, sus raíces también habían crecido bastante, llegando a rajar el piso de la casa, así como algunas paredes; en vista de esto, decidió tumbarlo, o el "palo de mamón" o la casa. Se necesitaron varias personas, muchas cuerdas y mucho arrojo para ir literalmente, descuartizando el árbol, parte por parte, para así evitar accidentes.

Para muchos las cosas no volvieron a ser iguales, sobre todo para Arístides Javier, porque su infancia la vivió en ese árbol, en el patio que era cubierto por su frondosa sombra y por el deleite que sentía al comer su fruto., porque el "palo de mamón" fue parte importante en su vida, porque allí fue donde conoció la grandeza y fuerza de la naturaleza, su altura para él representaba respeto, sus ramas fortaleza y lo más importante, cada cosecha era vista como una forma de aprovechamiento de los recursos naturales.

Una de las enseñanzas que siempre le dio "Mama Eufemia", fue la de cuidar las cosas propias, ella guardaba las cosas con un cuidado excepcional, las mantenía intactas por mucho tiempo y todos los días, las limpiaba cuidadosamente. Arístides Javier, no entendía, cuando su abuela lo mandaba a regar el "palo de mamón", años más tarde entendió, que las cosas por más grandes que sean, hay que cuidarlas, que por muy imponente que sean, hay que conservarlas y por más viejas y fuertes que parezcan, hay que tratarlas con cariño y respeto. Hoy en día, el nieto piensa que ese árbol era como su abuela y sus padres, que entre más viejos y a pesar de su aparente fortaleza, necesitan de cariño, respeto, mucho amor y cuidado, para él es de gran orgullo y siente una enorme satisfacción, haberles siempre demostrado, el gran amor que les ha tenido a cada uno de ellos.

Hoy en día ya no están Andrés Juan, "Mama Eufemia", ni el "palo de mamón", pero quedan gratos recuerdos de cada uno, porque fueron tantas vivencias que quedarán grabadas en lo más profundo del corazón.

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Hollman González Ibáñez - Blog 
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